En1879, la comitiva de Japón llega a París, para la Exposición Universal  ubicada en  el Palacio  del  Trocadero. Como parte de la muestra del país del sol naciente, trajeron, por primera vez en Europa, una colección de Bonsáis, para así poder diferenciarse de otros países con su arte en el cultivo de estos pequeños seres vivos.

Una tímida  “Miss Miyagi” servía al jardinero real, manteniendo en perfecto estado, todos los Bonsáis que, tras un largo viaje habían traído para impresionar a occidente. De humilde condición, Miss Miyagi se mantenía muy discreta en todo momento, evitando cualquier tipo de protagonismo. Siempre se estaba oculta y haciendo meticulosamente su trabajo. Pero un día, su pasión por su arte le llevó a explorar una nueva cara de París, en busca de una posibilidad de poder desarrollar y asentar su gran pasión en Francia.

En una intrusión en los jardines de Versailles en busca de alguna nueva especie de arbusto que pudiera convertir en bonsái, conoce al emperador, reconocido botanista, quien solía disfrutar solo de la paz de sus jardines, cuidando de sus pequeños tesoros naturales con verdadera pasión. Atraído por el atrevimiento de Miss Miyagi, se ofrece a enseñarle cada rincón de su mundo secreto. Unidos y movidos por el mismo fuego, su relación traspaso cualquier limite racional posible, y desde aquel momento, ella se convirtió en su amante fiel hasta sus últimos días y él, le demostraría un amor incondicional y le introduciría en la cultura occidental.

Fruto de su relación nació una hija. Una pequeña Miss Miyagi, quien adquirió todos los conocimientos sobre los bonsais de la mano de su madre, creciendo a la vez inmersa en la cultura europea. Hoy en día, tras numerosas generaciones, Miss Miyagi nos deleita con su legado, impregnado de la sutileza y de la tradición de Asia, a la vez de la creatividad y la elegancia del país de adopción de su ancestra.